Me llamo Traskis. Probablemente eso no te importe una mierda, y entonces deberás preguntarte qué cojones haces leyendo esto. Si aún después de preguntártelo sigues decidido a leerlo, te advierto que aquí no encontrarás historias de amor, suspense, miedo o aventuras, se trata simplemente del absurdo diario del viaje que llevé a cabo junto a seis compañeros en el verano del dos mil ocho.
Todo comenzó a pocos minutos de mi casa, cuando pocos minutos después de las nueve de la mañana del dos de Julio monté en el coche del padre de Tuderrúm, junto a este y Jacobo. Habíamos quedado con los demás, a eso de las diez, en el metro del aeropuerto para irnos de interrail por Alemania, Holanda y Bélgica. No se muy bien cuando se me ocurrió esa majadería, sólo se que se me ocurrió a mi, que debí arrepentirme a tiempo y que aún doy gracias por no haberlo hecho.
Eran las diez y no estábamos en el metro, sino que decidimos ir directamente a facturación junto a Taetor, que ya esperaba allí. Pocos minutos después recibí la llamada del Finlandés para preguntar donde estábamos, venía con Gafe y Cafeina, por lo que ya estábamos todos, no había marcha atrás. Sabíamos ya donde teníamos que facturar, pero aún había que esperar a hacerlo, así que temerosos de que se perdiera en el viaje alguna de las esterillas o sacos que colgaban de nuestras mochilas, vamos a buscar a uno de esos que te recubren completamente la mochila de plástico para que no se rompa ni se pierda nada. Preguntamos el precio. Cinco euros. Es caro pero lo pagamos, aún no apreciamos cuanto se puede comer por ese precio...
Mientras hacemos cola para "emplasticar" las mochilas, recuerdo que le tengo que dar su documentación a Cafeina. Es en ese momento cuando Gafe descubre que no lleva sus papeles. ¿Quién coño piensa en irse al extranjero sin documentación? Es como salir a la calle sin zapatillas, y al igual que Pies Sucios nos enseñaría que hay gente para todo en ese aspecto, Gafe nos mostró que con él cerca nunca puedes estar seguro de que algo saldrá bien. El caso es que llamó a su casa con la esperanza de que sus padres le trajeran a tiempo lo que había olvidado, pero la respuesta de su padre fue clara: "Vuelve para casa y ya está, no te vayas". La cara de Gafe era un poema, y aún empeoraba conforme llegan a sus oidos nuestras bromas, risas y soluciones milagrosas del asunto, como tratar de viajar con una fotocopia de la documentación de Cafeina. Sin embargo, haciendo caso del refrán ese que dice "el que la sigue la consigue", nuestro sin papeles decide rellamar a sus padres y convencerles para que le lleven la documentación. Finalmente lo consigue, así que una vez solucionado el problema, emplasticamos las mochilas y vamos a facturar.
Eran ya las once y cuarto cuando Gafe miraba su reloj a ver si quedaba demasiado para que su padre llegara. Un rato después, Gafe volvía a ojear su reloj. Eran ya las once y diecisiete. No tardaría mucho en volver a ver la hora y comprobar que sólo habían pasado treinta segundos desde la última vez, así que decide entretenerse con algo para amenizar la espera, comienza a morderse las uñas. Eran ya las doce menos cinco y faltaban solamente veinte minutos para la hora límite de embarque cuando terminó de comérselas. Vuelve a llamar a su padre, que según sus propias palabras estaba ya "cerca". Es el tipo de respuestas indefinidas que no tranquilizan en esos instantes, y a Gafe ya no le quedaban uñas que morderse. Por suerte, tan sólo diez minutos después de la llamada estábamos junto a su abuelo, quien le dió todos los papeles, era hora de ir rápido a facturar. El primer problema del gafe estaba solucionado, aunque no tardaremos en comprobar que no sería el último. Y es que antes de embarcar se rompió una mochila. De Gafe, por supuesto. Tampoco sería el último.
Todo comenzó a pocos minutos de mi casa, cuando pocos minutos después de las nueve de la mañana del dos de Julio monté en el coche del padre de Tuderrúm, junto a este y Jacobo. Habíamos quedado con los demás, a eso de las diez, en el metro del aeropuerto para irnos de interrail por Alemania, Holanda y Bélgica. No se muy bien cuando se me ocurrió esa majadería, sólo se que se me ocurrió a mi, que debí arrepentirme a tiempo y que aún doy gracias por no haberlo hecho.
Eran las diez y no estábamos en el metro, sino que decidimos ir directamente a facturación junto a Taetor, que ya esperaba allí. Pocos minutos después recibí la llamada del Finlandés para preguntar donde estábamos, venía con Gafe y Cafeina, por lo que ya estábamos todos, no había marcha atrás. Sabíamos ya donde teníamos que facturar, pero aún había que esperar a hacerlo, así que temerosos de que se perdiera en el viaje alguna de las esterillas o sacos que colgaban de nuestras mochilas, vamos a buscar a uno de esos que te recubren completamente la mochila de plástico para que no se rompa ni se pierda nada. Preguntamos el precio. Cinco euros. Es caro pero lo pagamos, aún no apreciamos cuanto se puede comer por ese precio...
Mientras hacemos cola para "emplasticar" las mochilas, recuerdo que le tengo que dar su documentación a Cafeina. Es en ese momento cuando Gafe descubre que no lleva sus papeles. ¿Quién coño piensa en irse al extranjero sin documentación? Es como salir a la calle sin zapatillas, y al igual que Pies Sucios nos enseñaría que hay gente para todo en ese aspecto, Gafe nos mostró que con él cerca nunca puedes estar seguro de que algo saldrá bien. El caso es que llamó a su casa con la esperanza de que sus padres le trajeran a tiempo lo que había olvidado, pero la respuesta de su padre fue clara: "Vuelve para casa y ya está, no te vayas". La cara de Gafe era un poema, y aún empeoraba conforme llegan a sus oidos nuestras bromas, risas y soluciones milagrosas del asunto, como tratar de viajar con una fotocopia de la documentación de Cafeina. Sin embargo, haciendo caso del refrán ese que dice "el que la sigue la consigue", nuestro sin papeles decide rellamar a sus padres y convencerles para que le lleven la documentación. Finalmente lo consigue, así que una vez solucionado el problema, emplasticamos las mochilas y vamos a facturar.
Eran ya las once y cuarto cuando Gafe miraba su reloj a ver si quedaba demasiado para que su padre llegara. Un rato después, Gafe volvía a ojear su reloj. Eran ya las once y diecisiete. No tardaría mucho en volver a ver la hora y comprobar que sólo habían pasado treinta segundos desde la última vez, así que decide entretenerse con algo para amenizar la espera, comienza a morderse las uñas. Eran ya las doce menos cinco y faltaban solamente veinte minutos para la hora límite de embarque cuando terminó de comérselas. Vuelve a llamar a su padre, que según sus propias palabras estaba ya "cerca". Es el tipo de respuestas indefinidas que no tranquilizan en esos instantes, y a Gafe ya no le quedaban uñas que morderse. Por suerte, tan sólo diez minutos después de la llamada estábamos junto a su abuelo, quien le dió todos los papeles, era hora de ir rápido a facturar. El primer problema del gafe estaba solucionado, aunque no tardaremos en comprobar que no sería el último. Y es que antes de embarcar se rompió una mochila. De Gafe, por supuesto. Tampoco sería el último.
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